miércoles, 26 de septiembre de 2012

THE BEATLES: 1. LOVE ME DO


Un repaso de las 186 canciones originales que aparecen en la discografía oficial de los Beatles publicada en vida de los cuatro.







George Martín era un tipo listo. 

La tarde del 6 de junio de 1962, a eso de las siete y media, estaba en la cantina de los estudios Abbey Road, probablemente tomando un par de cervezas; y probablemente, también, contándole a alguien, entre risas y tacos, que acababa de dejar en el estudio 2 a unos paletos de Liverpool que se hacían llamar The Beatles; que había escuchado su primera interpretación, una versión ineficaz (por decirlo finamente) del clásico “Bésame mucho” y que con eso ya había tenido bastante. Pero entonces llegó Chris Neal, el ayudante del técnico de grabación, y le dijo que tenía que escuchar algo.

Subió y se puso a revisar la última grabación de los chicos de Liverpool. Lo que escuchó fue esto:




En ese momento, por alguna razón misteriosa, a pesar de la simplicidad casi insultante de la canción, de los nervios de los intérpretes (cualquiera que se haya subido a un escenario y que, al hacerse el silencio en el público, haya querido morirse por estar allí se reconocerá en la atmósfera de la grabación), de la ineptitud de Pete Best, el batería, y de tantas otras cosas, supo que la historia había dado un giro.


                                                                      *


¿Qué fue lo que oyó George Martin en esta canción?

Me lo acabo de preguntar mientras la escuchaba varias veces. Para mí, como para cada amante fanático de los Beatles, hay varias categorías entre sus canciones:  las que le gustan mucho a todo el mundo y a mí no me convencen, las que casi nadie conoce y, sin embargo, están entre mis favoritas, las que tenía olvidadas y de repente regresan como en una segunda luna de miel, las que me gustaron mucho en su día y ahora me aburren, las que no me gustaron en su día y ahora, de repente, me gustan mucho… “Love me do” es de ésas que siempre me gustaron pero que dejé de escuchar hace muchos años.  

Hoy, al escucharla, lo he entendido. Y me he sentido como George Martin aquella tarde de 1962.

La sencillez de la canción es, efectivamente, apabullante, casi excesiva. Por eso, quizás, hay un momento en el que dejas de escucharla. Hay que ponerse, además, en el tiempo, y comparar esta composición con las tan atildadas, engoladas, felices, llenas de ecos y de miel de los artistas pop de la época, desde Tony Sheridan hasta Cliff Richard, con o sin los Shadows, llegando muy pronto a los Searchers. Vista así, era la primera piedra de una revolución musical absoluta.




"Love me do" está compuesta, prácticamente, con dos acordes. A primera vista sólo tiene voces. Pero qué voces. Dos voces maravillosas (y quizás un tímido tercer coro de Harrison) que se  enlazan, se separan, se replican y finalmente se unen en líneas melódicas complementarias en ese “ple-e-e-ease” sublime para demostrar que habían nacido y se habían buscado para crear la música popular más maravillosa de la historia.

Pero también hay una armónica. Una armónica increíble inspirada, según dicen, en la de Bruce Channel.




Por lo demás, el bajo cumple su misión sin brillo. Y la guitarra, en uno de los misterios más tremendos de esta canción, parece no existir. El genio de Harrison todavía no aparece.

         La percusión merece capítulo aparte. Hoy, mientras la escuchaba, pensaba: “es increíble: la batería tampoco aparece mucho; es mucho más relevante esa pandereta”. Y justo en ese momento ha aparecido un golpe de plato, al final del solo de armónica, y me he dicho: “Ah, sí; ahí está”. Acto seguido he consultado el libro de Ian MacDonald y he comprobado que, tal y como yo creía recordar, en la grabación que ahora escuchamos, Ringo Starr fue sustituido por el músico de estudio Andy White… y que a Ringo "sólo" le dejaron tocar la pandereta y dar ese golpe de plato del final del solo. ¿No es mágico?

No sé por qué, pero la sencillez nos hechiza. No todo lo sencillo es bueno, claro. Pero las grandes revoluciones siempre comienzan cuando tenemos la honestidad de apartar lo que sobra y quedarnos sólo con lo fundamental.